La piadina: el pan medieval que aún alimenta

(Foto di Baker's Corner https://www.flickr.com/photos/46617371@N05/)

Esta semana continuamos con la comida rápida de “calle” que nos ofrece Italia y en esta oportunidad, subimos hacia el noreste específicamente a la región de Emilia- Romaña, cuya capital es Boloña. Como hemos referido en artículos anteriores, estas tierras vieron nacer a las pastas rellenas (tortellini, cappelletti …) así como a la lasaña boloñesa y al ragú (pasticho de carne y salsa boloñesa, respectivamente, como se les conoce en nuestros países), entre otros platillos italianos que ya son patrimonios de la humanidad. Sin embargo, también fueron testigos de la creación de un sencillo plato que nació de la necesidad de alimentarse a un bajo precio; me refiero a la piadina específica de la provincia de la Romaña.

Primero explicaré en qué consiste: es un tipo de pan redondo y plano que se elabora con harina de trigo, poca levadura (o bicarbonato) y algún tipo de grasa. Originalmente se utilizaba la de cerdo; sin embargo, con la evolución hacia una gastronomía más saludable, el aceite de oliva la ha sustituido. Se le conoce como el pan de los romañolos y algunos se atreven a decir que es su comida nacional.

A diferencia del pan tradicional, la piadina no tiene tiempos de amasado -ni de reposo- tan largos como el primero, ni se hornea. Su cocción se realiza sobre una plancha (originalmente de terracota) encima del fuego.

El primer registro escrito de la piadina data de la Baja Edad Media, específicamente en el año 1371 y su creación se da en las calles de la Romaña; realmente era considerado el “pan de los pobres”. Suponemos que por su fácil preparación y versatilidad, se ha mantenido hasta nuestros días e incluso tiene su IGP (Indicazione Geografica Protetta) que distingue a productos agrícolas que, al menos una de sus partes, está realizada en el territorio de pertenencia: en este caso, en tierras romañolas. La piadina se come como acompañante de platos o doblada en dos, rellena de queso, jamón crudo y vegetales como la rúcula.

(Foto di Cristian Ungureanu – https://www.flickr.com/photos/themeisle/)

 

Como siempre le doy una recomendación. Recorra en carro o en tren los parajes de la Romaña y diríjase a la ciudad de Faenza, famosa por ser un centro de cerámica desde hace más de 5 siglos. Es tan conocida que en francés, la cerámica se denomina “faïence” en honor a ella. Allí visite el museo de la cerámica en donde podrá apreciar la evolución de su fabricación y la belleza de las diferentes piezas con siglos de historia encima. Los días jueves se montan varios mercaditos en algunos rincones, que ofrecen de todo un poco: diríjase a alguno y antes de pasearse por todos los bancos, cómase una verdadera piadina romañola que le dará energía para el próximo paseo que les sugeriré.

Alquile una bicicleta, tome la vía hacia Florencia y pedalee disfrutando el paisaje agrícola que se abre frente a usted (esa zona es frutal por excelencia). ¡No se preocupe, la vía es principalmente plana! Luego de 12 kilómetros (y de una leve subida) habrá llegado a un pequeño pueblo medieval llamado Brisighella (pronunciado: Brisiguel’la). Es tan pintoresco y hermoso, que está en la lista de los pueblos más bellos de Italia. Brisighella, que se encuentra incrustada en tres pináculos rocosos, se detuvo en el tiempo y, por ende, un aire medieval se respira en sus callejuelas de piedra y en su arquitectura.

Cuando llegue a su plaza central, apéese de su bicicleta y vaya directamente al carrito de piadine que se encuentra a un lado de esta. Cómprese una, siéntese a una de las mesitas que allí hay y saboree ese “pan plano” que por su historia secular va acorde con la ciudad en la que se encuentra. Luego de tener la “barriga y el corazón contentos”, recórrala sin olvidar su castillo-fortaleza que se encuentra en uno de los tres pináculos y es un testimonio histórico inestimable. Desde allí, podrá admirar el paisaje mientras vive una experiencia medieval. Será un momento inolvidable para usted.

Buon appetito e buona passeggiata!

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