Después del Temblor
La tierra habló de pronto,
con voz profunda y antigua,
por un instante
el miedo recorrió caminos,
montañas, ciudades y corazones.
Temblaron paredes,
recuerdos, certezas
y en el cielo,
los ojos de todos
buscaban fortaleza.
Hay lágrimas.
por quienes partieron
sin despedirse,
por las manos vacías,
hogares heridos,
sueños cubiertos de polvo,
abrazos que ya se extrañan.
Entre escombros
apareció la esperanza.
vestida de voluntarios,
rescatistas, médicos,
vecinos y desconocidos,
llegó en una botella
de agua compartida,
en una oración susurrada,
en una mano extendida.
Cuando la tierra tiembla,
también despierta la bondad
y comprendemos,
que las casas
pueden reconstruirse,
que los caminos
pueden repararse,
que las heridas
pueden sanar,
pero que el valor
más grande de un pueblo,
aun en medio del dolor,
vive en su capacidad de amar.
Hoy guardamos silencio
por quienes ya no están,
elevamos plegarias
por quienes sufren
y agradecemos a quienes
sin esperar reconocimiento,
han convertido la solidaridad
en refugio de hermandad.
La memoria de las víctimas
es una llama que nunca apagará,
la esperanza encontrará hogar
en cada familia afectada
y Venezuela,
como tantas veces en su historia,
encontrará en la unión de la gente
la fuerza necesaria
para levantarse otra vez más.
Después del temblor,
cuando el polvo se
asienta
y el silencio regresa,
queda algo que ninguna tragedia
puede derrumbar:
la nobleza de un corazón
que sigue latiendo por los demás.
No lo supero,
lo reconozco sin miedo,
porque miedo es lo que siento,
al recordar cada momento
en el que la tierra,
sin dejar de llorar,
empezó a gritar.
Giampiero Posa
