Quien siembra utopías, cosecha realidades


Por Mariano Palazzo. Junio, 2026

Me acerco dos pasos y se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá… célebre definición de Fernando Birri que se popularizó gracias a El libro de los abrazos (1989) del escritor Eduardo Galeano, amigo del cineasta argentino considerado el padre del nuevo cine latinoamericano.

Famosa es la reflexión que Eduardo, autor uruguayo, hizo sobre lo que su compañero de la otra orilla del río de La Plata escribió, haciendo una analogía con el concepto de utopía, esa isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto descrita en 1516 por Tomás Moro quien, dicho sea de paso, fue canonizado por el papa Pío XI, y posteriormente designado como el santo patrón de los estadistas y políticos por el papa Juan Pablo II.

Galeano concluye que la utopía no hay que concebirla como una meta inalcanzable, sino que hay que entenderla como un motor vital, que sirve como inspiración, que sirve para caminar; nos enseña que la utopía representa nuestros ideales, fantasías y esperanzas de un mundo mejor. Esa, nuestra quimera, nos da la fuerza y la motivación necesarias para seguir avanzando, progresando y transformando la realidad que nos rodea y porque no la de más allá.

Carlo Petrini se apropió de esto. Esa fue la filosofía de vida de este ser visionario, profundamente comprometido con el bien común, las relaciones humanas y el mundo natural, ya que el fundador del movimiento Slow Food no dejaba de afirmar que: Quien siembra utopías cosecha realidades. Petrini nacido en Piemonte, dejó este plano terrenal el 21 de mayo up, cuando le faltaba apenas un mes para cumplir los 77 años. Este escritor y político italiano, creía firmemente que los sueños y las visiones, cuando son justos, son capaces de inspirar la participación colectiva y, si se persiguen con convicción, no son imposibles de lograr.

Se lee en la red: Un viaje de mil millas comienza con un primer paso, una frase atribuida al filósofo chino Lao Tse, fundador del sistema filosófico del taoísmo que se cree vivió entre el siglo VI y IV a.C. y, muchos siglos y años después, en 1986, Carlo Petrini inició su marcha de mil millas y la comenzó dando su primer paso en la misma escalera que conduce hasta la iglesia de Trinità dei Monti, que se ubica en la Plaza de España, una de las más famosas de la capital de Italia, que toma su nombre de la sede de la embajada ibérica ante la Santa Sede y la Orden de Malta.

Desde la monumental escalinata de 135 peldaños, que fue inaugurada por el papa Benedicto XIII con ocasión del Jubileo de 1725, este soñador junto con un puñado de “locos” amigos y conocidos alzó su voz para alertar sobre los riesgos que se estaban corriendo en todos los aspectos relacionados con la alimentación. El filósofo italiano reseñó ese acontecimiento y su motivación el 16 de diciembre de ese mismo año, en el artículo publicado en el primer número del folleto “Il Gambero Rosso” donde escribió sobre la biodiversidad, la defensa de las cocinas regionales, la tutela y protección de los consumidores y del territorio… temas que en aquel momento sonaban revolucionarios y que cuatro décadas después suenan tan urgentes y necesarios.

Hoy Gambero Rosso ha evolucionado hasta transformarse en una plataforma multimedia, líder en el sector enogastronómico italiano, que abarca desde la formación e instrucción, hasta la organización de eventos ofreciendo incluso una amplia gama de servicios relacionados con el sector agroalimenticio, de la restauración y la hospitalidad italiana. El Gambero Rosso fue solo una de las tantas realidades que se cosecharon a partir de aquel simbólico momento persiguiendo un sueño, cuando sembraron en la Ciudad Eterna la semilla de su propia utopía. A partir de allí, paralelamente, germinó y fue creciendo un movimiento que hoy es una sólida realidad representada en 160 países, tal y como se lee en su página oficial: www.slowfood.com, y que según algunas fuentes cuenta actualmente con más de cien mil miembros estables.

Este hijo de un empleado ferroviario y una verdulera visualizó un camino global arraigado en los valores de una alimentación buena, limpia y justa para todos y todas, conectando comunidades, agricultor@s, artesan@s del alimento, cociner@s, activistas y jóvenes de todo el mundo. Su energía, su determinación, su dedicación a lo largo de toda su vida para, por y hacia los demás fueron, y su legado seguirá siendo, una fuerza inspiradora, en un momento además en que el debate internacional sobre la sostenibilidad y el futuro de la alimentación ocupa un lugar central.

Una discusión que desde siempre ha estado presente en Italia y que llega a movilizar a la misma sociedad en defensa de sus ideales y para muestra de ello podemos rescatar el emblemático ejemplo del 2012, cuando uno de los grandes colosos del Fast food perdió una licitación contra uno de los gigantes de la Moda italiana, por un espacio que había usufructuado por dos décadas en la famosa Galeria Vittorio Emanuele II, que conecta el Duomo de Milán con el no menos famoso Teatro La Scala. Se llegó incluso a acusar al municipio de injerencia y con la posibilidad cierta de llevarlo a juicio, sin embargo, pocos meses después se fumó la pipa de la paz ya que la firma de comida rápida abrió un nuevo local en la misma galería poco distante de su antigua sede.

Aquí recuerdo, y apelo a que mi memoria no me haga uno de sus famosos juegos… que, en 1997, durante mi estadía en la península, con motivo de llevar a cabo un curso avanzado de italiano, en la Universidad de Génova en su prestigiosa sede veraniega de Santa Margherita Ligure, tuve la oportunidad de visitar Milán y luego de estar en la famosa catedral, que tardó seis siglos en ser completada (1386-1965), entré a comer en aquel local que tenía ya cinco años funcionando. Las imágenes que guardo de ese momento son las del típico y característico establecimiento que se ha globalizado con los mismos estándares que revolucionaron la industria en la década de los ’50 y que hoy, a distancia de casi ochenta años, permite que una operación compleja se replique con precisión en más de cuarenta mil locales distribuidos en 119 países.

Sin embargo, en mi corteza cerebral, donde según los estudiosos se almacenan los recuerdos a largo plazo, mis neuronas conectan múltiples píxeles delineando una imagen en particular de ese local en Milán: Colocada discretamente en una esquina, había una muy pequeña estación, completamente adaptada para preparar y servir pasta al dente y al momento, con toda una variedad de salsas italianas y vegetales cocidos. Para mí eso significaba una acertada estrategia de mercadeo para hacerse con la voluntad de los llamados Buongustai italianos, con el fin último de que estos acompañaran de la mejor manera a sus hijos y nietos que se hacían felices con la compra de la respectiva cajita con todos los obsequios que venían adentro… pero eso fue a finales del siglo pasado.

En todo caso, el movimiento Slow Food, de carácter profundamente humanista, siguió su camino y luego de tres años de aquel acto romano, finalmente en 1989, el mismo año que hasta Venezuela Carlos viajó, el mismo año del tristemente célebre Caracazo, un documento de fundación fue protocolizado y oficializado en París, reivindicando la riqueza propia de cada territorio, su capacidad productiva, el valor del alimento y el placer del buen comer, junto con las tradiciones y expresiones culturales que lo rodean, frente a la homogeneización y la pérdida de diversidad que suele acompañar a los procesos de globalización.

Este asunto, paulatino y en progreso, de concientización de lo que comemos, ha ido generando con el transcurrir del tiempo otras tantas realidades, la gran mayoría fruto de aquella inicial utopía sembrada en 1986. Una de esas cosechas es Terra Madre, el mayor encuentro del movimiento Slow Food dedicado a promover alimentos sostenibles, limpios y justos que, cada dos años y desde el 2004, se realiza en Turín, capital del estado natal de Carlo. A esta realidad se le intercalan otras de carácter regional como Terra Madre Americas, cuya más reciente edición se llevó a cabo en septiembre 2025 en Sacramento, capital del estado de California y a poco más de cien kilómetros del famoso Silicon Valley o Terra Madre Europa que se acaba de efectuar en el país belga, específicamente en Bruselas su capital y además principal centro neurálgico de la Unión Europea.

Carlo Petrini no paraba, y su mente no dejaba de pensar en iniciativas y una de ellas, basada en su convencimiento de que la educación representa un eje fundamental para consolidar el cambio de conciencia, fue la de impulsar decididamente en Bra, la ciudad donde nació y que tanto amó al punto que desde allí mismo del plano terrenal se despidió, la creación de la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo (UNISG), una más de las tantas hermosas realidades que se han cosechado desde aquella quimera sembrada a mediados de los años ochenta.

Alma Mater fundada en el 2004, se dedica exclusivamente al estudio de la alimentación desde una perspectiva cultural y ecológica, convirtiéndola en pionera absoluta en este campo; de hecho, la filosofía de la UNISG se fundamenta en la integración de disciplinas que tradicionalmente pertenecen a ámbitos separados: Las ciencias biológicas y nutricionales, las ciencias humanas y sociales, la economía, el derecho alimenticio, la comunicación y el diseño que determinan el programa de estudio, ya que está construido sobre la convicción que la comprensión del alimento requiere instrumentos diversos y complementarios capaces de dialogar entre ellos.

El aporte de Carlo Petrini ha sido tan significativo que, en el 2004 la revista estadounidense Time, uno de los semanarios de noticias e información general más prestigiosos del mundo, lo incluyó entre los 100 personajes más influyentes del globo terráqueo, siendo esto emulado en el 2008 por el periódico británico The Guardian, quien lo designó como una de las 50 personalidades más capacitadas para salvar el planeta. Incluso en el 2013, le fue conferido el premio Campeón de la Tierra, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente; es que su pensamiento y sus contribuciones no solo fueron reconocidos por el presidente de la república de Italia Sergio Mattarella, sino que llegó incluso a conquistar al mismo papa Francisco por su compromiso por la defensa de la naturaleza y al rey Carlos III de Inglaterra quien se hizo presente en la primera edición de Terra Madre.

Justamente hablando reyes y monarcas, recuerdo mi viaje de noviembre del 2017 a la cuna del rey de los embutidos italianos: El Culatello de Zibello (Parma), experiencia que quedó ampliamente reseñada en el artículo: Mira siempre el pasado y tendrás un futuro; ¡Emilia Romaña! la mundialmente conocida como la Food Valley, fue el lugar donde pude vivir la experiencia del poder de una alimentación de altísima calidad. Un año después, regresé otra vez, a la tierra de donde son mis raíces por línea materna, pero en esa oportunidad llegué a Forlimpopoli (Forlí-Cesena), donde nació Pellegrino Artusi, el autor del libro la ciencia en la cocina y el arte de comer bien, cuya primera edición data de 1891, considerado como un texto fundacional del, para ese entonces, recién unificado Reino de Italia, no solo porque contribuyó de manera determinante a crear una identidad, un sentido de Estado-nación, sino que además sirvió de vehículo de difusión del actual idioma italiano a través de las recetas y los nombres de los platos. Esa, mi extraordinaria vivencia enogastronómica del 2018 fue descrita en el artículo: La comida sigue teniendo el poder de poner orden en el mundo.

Italia es Italia por ¡sus letras y sus recetas! ¡Por su gastronomía y poesías! Dante Alighieri y Pellegrino Artusi bien pueden ser considerados los padres de esta república-nación al darle al pueblo tan hermosamente diverso de la península, su identidad y voz, y mientras el primero nació en Toscana y reposa en Romaña, el segundo vio la luz en Romaña y descansa en Toscana y me encanta que la IA pueda recrearlos juntos en imágenes, incorporando además a Carlo Petrini en la ecuación.

Es que no se trata solo de comer bien, de comer sano, de comer justo y equilibrado, sino de disfrutar el proceso, de saborear el momento, se trata de una filosofía misma de la vida ante los frenéticos tiempos que estamos viviendo, se trata simple y llanamente de construir una trinchera de resistencia que rescate el concepto de vivir para vivir y, seguramente, la cocina italiana es una de las respuestas, ya que cumple con todas y cada una de estas premisas, por lo que no es casual que el 10 de diciembre del 2025 fuese declarada patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO; Es que la gastronomía italiana es un invalorable tesoro, y sus secretos culinarios se transmiten de generación en generación, siendo la figura de los abuelos fundamental en todo esto.

La cocina italiana es por lo tanto un medio para expresar amor, un viaje de descubrimiento de las raíces, donde se fortalecen los vínculos familiares, mientras se celebra la identidad comunitaria alrededor de la mesa, donde la sostenibilidad y el respeto al entorno están profundamente arraigados. Personas de todas las edades y géneros participan, compartiendo recetas, sugerencias e historias. Una práctica que trae implícita una forma de cuidarse a sí mismos y a los demás reforzando los lazos y el sentimiento de pertenencia.

Esa emoción la sentí yo en Emilia Romaña, y solo por nombrar una de las múltiples experiencias, recuerdo cuando la Marietta (así se llaman las ayudantes de cocina de Casa Artusi) nos enseñaba los secretos de la Piadina. Ella, a la pregunta de ¿cuánto tiempo debía cocinarse esta especie de pan plano redondo? respondió con firmeza que solo había que observar atentamente, que la misma piadina lo diría y que bastaba oler el delicioso aroma que se desprendía de la plancha para darse cuenta de que ya estaba lista para ser servida acompañada con rebanadas de culatello junto con un poco de squacquerone (típico queso) y rúcula, para luego sentarse a degustarla y enamorarse de ella y sus infinitas facetas.

Esos son los secretos de la cocina tradicional doméstica italiana, donde no hay prisa ni recetas con cantidades matemáticamente definidas y tiempo perfectamente cronometrado, solo hay experiencia, paciencia y amor, mucho amor y pasión. Se trata de una filosofía de vida, un imperativo que hoy reclama la humanidad, un clamor que llega incluso desde uno de los más afamados actores de Hollywood: Morgan Freeman. El ganador del Óscar y otros premios importantes como El Globo de Oro, quien nos invita a bajar el ritmo y mirar el presente, reivindicando la pausa como una herramienta para manejar la ansiedad propia de la vida moderna: “Hay que aprender a estar quieto y dejar que la vida suceda; esa serenidad se convierte en un resplandor”.

La postura de Freeman busca otra manera de habitar el tiempo, más atenta y menos ansiosa, siendo un ejemplo concreto de esto la Tempesta Silenciosa, que el reconocido escritor Alessandro Baricco en Roma inició. Se lee en la red que la capital de Italia se detuvo a leer, y de los 15 lugares iniciales programados terminaron siendo 315, muchos de ellos espontáneos: librerías, casas particulares, terrazas, jardines, heladerías, cines, boleras, hospitales, plazas, bibliotecas, escuelas, asociaciones, comités vecinales, cooperativas, centros para personas mayores, hoteles, clubes de lectura, playas, jardines, tiendas, talleres, restaurantes, galerías de arte, universidades, parques, un barco de vapor en el Tíber… fueron más de treinta mil lectores, que en silencio compartieron este sublime momento, de paz, de reencuentro, y el epicentro de todo esto, fue un lugar querido y perseguido por el autor de Novecento y Seta: L’Ara Pacis, el altar dedicado a la Pax Romana para honrar el regreso de Augusto después de tres años en Hispania y Galia.

El fundador de la escuela Holden, que estuvo en Caracas en el 2024, persiguió con ahínco ese sitio, consagrado el 30 de enero del 9 a.C. ya que estaba convencido que el leer es uno de los gestos más gentiles: Un gesto mite, dice, expresión propia de la comunicación no verbal que describe una acción física o corporal, orientada a transmitir calma, amabilidad, compasión, para manifestar una actitud de no confrontación. No quedan dudas de que Baricco ha invocado una revolución, persiguiendo una quimera, su propia utopía: ¡su viaje de mil millas inició con ese primer paso en Gorizia (Friuli-Venezia-Giulia), en noviembre del 2025, que ya comienza a cosechar sus primeras realidades y como se afirma en el artículo de la Republica… la Tempesta Silenziosa Tornerà è non solo a Roma!

Esos momentos, al igual que una caminata sin destino o quedarse en silencio tras un día intenso, según Freeman, componen la trama de la vida y no son pérdida de tiempo. Permiten procesar emociones evidenciando las soluciones que la prisa oculta, fortaleciendo vínculos y recuperando el disfrute en las rutinas. El llamado de Freeman es un recordatorio para ajustar la relación con el tiempo y con las expectativas, algo que confirma uno de los más afamados filósofos contemporáneos, Byung Chul Han, quien critica abiertamente las características más profundamente arraigadas de nuestra modernidad: la hiperconexión, la auto explotación y la obsesión por mostrar cada instante de nuestras vidas en redes sociales e invoca, para contrarrestar eso, el concepto de Hogar-templo donde la vida vuelve a coger ritmo propio, potenciando nuestra salud, reencontrando nuestro propósito vital.

Tanto el pensamiento del actor, que protagonizó la serie documental: La historia de Dios, un viaje global para entender las diferentes religiones y la fe de la humanidad, así como la conclusión del filósofo surcoreano-alemán en su famoso ensayo: La sociedad del cansancio que reflexiona sobre el panorama perturbador de la sociedad actual, caracterizada por el auge de padecimientos neuronales, me sirven para conectar con una expresión que desde siempre ha definido la idiosincrasia de lo italiano: Il dolce far niente, que en español sería algo así como la dulzura de no hacer nada, es una filosofía italiana que celebra el placer de relajarse y disfrutar del presente sin la presión de ser productivo. Es un acto deliberado de desconectarse para contemplar la vida y recargar energía. Consiste en saborear los pequeños detalles, como observar un atardecer, tomar un café en buena compañía o caminar sencillamente sin rumbo y sin apuro. En un mundo obsesionado con la inmediatez, pausar conscientemente es una forma de cuidar la salud mental y la paz interior.

Observar, escuchar, oler, sentir y esperar son hábitos que permiten evaluar mejor lo que conviene hacer. Es una invitación a priorizar la calidad sobre la cantidad, revalorizar el tiempo sin agenda, y es aquí donde la cocina italiana puede ser protagonista también, de hecho, uno de los grandes secretos de una buena salsa sea esta napolitana, carbonara romana, pesto genovese, ragú allá bolognese, matriciana, puttanesca y pare uno de contar, lo que acomuna a todas ellas es la calidad del tiempo y la forma de cocción, sea una hora y/o horas a fuego lento o medio, bajo la atenta mirada del experto y no es de extrañar que las más de las veces sea la “Nonna”, y mientras eso va ocurriendo los espacios de tiempo se aderezan con charlas sin apuro y llenas de sentimiento… y de eso he sido testigo en la misma Maracay viendo a los molisanos que desde la noche anterior y por toda la madrugada preparan su famosa salsa, que acompaña a los no menos solicitados Cavatelli, elaborados a mano a lo largo de varios días en romería, y que la gente hace fila durante la tradicional Fiesta de la Uva para no quedarse sin su ración. Desde siempre he admirado la convivialità y su forma de disfrutar su gastronomía que este hermoso grupo muestra año tras año.

La Cocina Italiana, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, viene a hacerle honor no a una específica región, no a un plato determinado sino a toda la cultura gastronómica de la península y seguramente, y creo no equivocarme cuando digo que parte de este logro comenzó en el 2015, cuando se llevó a cabo, en la ya nombrada ciudad capital de la Lombardía, la Expo Universal bajo el lema Alimentar el planeta, energía para la vida. Seguramente esos meses en Milán fueron el punto de inflexión para que, 10 años después, finalmente el país, donde el comer se convierte en arte, recibiera el por demás merecido reconocimiento mundial oficial.

Durante esos meses del 2015, justamente en la ciudad industrial de Italia, se discutió y reflexionó sobre agricultura y biodiversidad, solidaridad y cooperación, y el cómo los alimentos pueden mejorar nuestra calidad de vida; Expo Milano fue la vitrina ideal para mostrar lo mejor de la gastronomía italiana, a la par de compartir con la del resto de las culturas del mundo y los diversos grupos étnicos. Es que las exposiciones universales, desde siempre, han intentado conectar al mundo con el propósito de dar a conocer las contribuciones que, para y por la humanidad se han realizado, exaltando las virtudes del progreso en relación con los más altos preceptos morales de la paz y la prosperidad… ese fue el espíritu y el objetivo del primer intento que tuvo lugar en la ciudad de Londres en el famoso Palacio de Cristal construido para la ocasión en 1851.

Presidida por el príncipe Alberto de Sajonia, dicha exposición universal se propuso exhibir el legado histórico y cultural de la humanidad, así como los nuevos avances que pudiesen contribuir a hacer del mundo un mejor lugar para vivir, en el cual los seres humanos estarían unidos por el arte y la ciencia. Fue la primera vez que los cinco continentes exhibieron su conocimiento y su ingenio de forma amplia y organizada. Muchas de las ideas y avances que conocemos en nuestros días han visto la luz gracias a estas exposiciones, que siguen fascinando al mundo por su creatividad y visión futurística.

Posteriormente, en 1855, se celebró en el Campo de Marte de París, la primera Exposición Universal dedicada a los productos de la industria, la agricultura y las bellas artes, seguida en 1862 y 1867, por la tercera y cuarta exposición universal en la capital de Inglaterra como en la francesa, respectivamente, haciendo de estos encuentros un escenario de debate científico, ideológico, cultural y tecnológico. En 1873, la sede cambió y esta vez fue la ciudad de Viena en Austria, con el tema “Cultura y Educación”.

Con el pasar de los años, el tema del desarrollo sostenible ha ido ganando terreno y basta revisar las ferias mundiales de Shanghái 2010 con el lema Mejor ciudad, mejor vida, así como en el 2012 en Yeosu, en Corea (del Sur): Por unos océanos y costas vivas: diversidades de los recursos y las energías renovables, para llegar a su clímax en la ya nombrada expo universal de Milán 2015, para continuar con la acontecida en Emiratos Árabes Unidos: Dubái 2020 que realmente se llevó a cabo desde finales del 2021 hasta principios del 2022 por culpa de la pandemia del COVID-19 bajo el lema: Conectando mentes, creando el futuro, hasta la más reciente en Osaka (Japón) 2025 bajo el título: Diseñando la Sociedad del Futuro para Nuestras Vidas, con 3 subtemas: Empoderar Vidas, Conectar Vidas y Salvar Vidas, una cita que incluyó asuntos como vacunas infantiles, saneamiento, estilo de vida y aumento de la esperanza de vida. La próxima convocatoria está planteada para Riad, Arabia Saudita en el 2030 con la mente puesta en una Visión de futuro con los subtemas Tecnología transformadora, Soluciones sostenibles y Personas prósperas.

Las ferias han sido de gran ayuda para pensar y analizar las posibles soluciones a los más difíciles desafíos que presenta el futuro para el planeta Tierra. Su legado es enorme y la historia ha sido escrita y dirigida desde allí. La idea de civilización y la gran familia humana se ha nutrido de estas citas mundiales y, por eso, hablando de eventos globales que condicionan el devenir de la humanidad, no puedo terminar mi escrito sin mencionar el Mundial de fútbol (soccer) de este año 2026, que se celebra simultáneamente, por primera vez, en 3 estados: Canadá, Estados Unidos y México, y donde Argentina defiende su trofeo obtenido hace cuatro años en Catar, por lo que hago mi homenaje resaltando precisamente una figura del país sureño que ya forma parte del Olimpo de los dioses del periodismo. Me refiero a la leyenda viva de Enrique Macaya Márquez.

En un fútbol que avanza al ritmo de nuestros tiempos, la Fiesta del balompié mundial ha tenido una única constante durante estos sesenta y ocho años: la presencia física ininterrumpida del ya bautizado periodista de los mundiales.  Son 18 campeonatos, incluyendo el actual: Suecia 1958, Chile 1962, Inglaterra 1966, México 1970, Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982, México 1986, Italia 1990, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea del Sur-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Catar 2022, que esta emblemática figura ha cubierto como corresponsal deportivo desde que comenzó su ya interminable viaje a finales de la década de los ’50 del siglo pasado, cuando apenas contaba con 23 años y tanto.

Macaya, ante la pregunta sobre lo que significaba para él cada cita mundial del balompié, responde sin titubeo que no existe palabra que pueda definirlo porque tiene que ver con la vida misma, con el tiempo y con los acontecimientos que se van presentando en cada momento. Es testigo de excepción de la transformación de la humanidad: desde la incipiente aparición de la radio y la televisión, primero a blanco y negro y luego a color, hasta la era del internet, la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica; memorables son sus palabras cuando él decía que no sabía sí las ondas hertzianas de la transmisión de aquella primera cita mundialista llegarían desde las tierras escandinavas, cercanas al círculo polar ártico, hasta, porque no, la Antártida Argentina misma.

Incluso, roza en lo inverosímil para las generaciones de hoy, cuando Macaya Márquez cuenta como se subió en aquel primer avión turbo hélice, con destino incierto, convirtiendo esa travesía llena de misterio porque no tenían ni idea hacia donde iban, llenándolos de expectativas, pero paradójicamente, también de momentos que hoy recuerda con infinita alegría. Fueron muchas las escalas que realizaron e incluso pensaban y estaban convencidos que volaban a Hamburgo, pero sorpresivamente aparecieron en Frankfurt, a casi 500 km de distancia, por lo que tuvieron que tomar un tren, luego una camioneta, para posteriormente navegar en ferry hasta Dinamarca y finalmente otro barco más para llegar, por fin, a Malmo, al sur de Suecia. En total mil kilómetros por tierra y mar luego de haber estado miles de kilómetros más por los aires. Una aventura que él mismo define como milagrosa.

Milagrosas fueron también todas y cada una de sus experiencias mundialistas, porque tuvo siempre la suerte de no haberse enfermado, sobre todo porque cada víspera de una nueva cita invariablemente caía durante el invierno argentino, y confiesa que el entusiasmo y el enorme deseo de poder estar y ser testigo en la gran fiesta futbolera, eran el motor y el combustible necesario que lo movían a valorarse y sobre todo cuidarse. Uno cuando observa los programas que durante estos días se proyectan, se da cuenta de cómo los ojos de este ser humano tan especial brillan e irradian una alegría particular, la de una persona que ha vivido plenamente su vida persiguiendo sus sueños al punto que asegura que: no imagino mi vida sin estar en un mundial.

Sueños, quimeras, ilusiones… así como lo afirmaron Lao Tse, Tomás Moro y Eduardo Galeano: Carlo Petrini y Enrique Macaya Márquez iniciaron sus propios caminos de mil millas, a partir de la siembra de sus personales utopías y en la medida que recorrían sus vidas fueron cosechando múltiples y hermosas epifanías, sean estas en el deporte que en la gastronomía.

Cierro, recordando a uno de los más grandes literatos del siglo pasado: Jorge Luis Borges, autor argentino, que fascinó al mundo con sus escritos, y uno en particular llega a ser una advertencia sobre el valor del tiempo transcurrido y la urgencia de rescatar los pequeños gozos de nuestro existir, repensando nuestro modo de vivir. Él, maestro del lenguaje y lector empedernido, reconocía que había renunciado a la más elemental capacidad de abandonarse al regocijo cotidiano, recordándonos a todos que aún estamos a tiempo de reconciliarnos con nosotros mismos y vivir una vida más plena y llena, regalándonos, y obsequiando también a nuestros seres queridos: solidaridad oportunidades y ensueños…

El remordimiento (1976)

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado La sombra de haber sido un desdichado.

 

¡Por eso sembremos por doquier utopías, quimeras y fantasías que a lo largo de nuestras vidas cosecharemos sin duda alguna tantas y múltiples realidades y sobre todo infinitas alegrías!

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