Es común escuchar la frase «el tiempo lo cura todo» o «ya verás cómo las cosas se acomodan solas». Sin embargo, depositar la esperanza del cambio en el simple paso de las hojas del calendario es una de las trampas psicológicas más sutiles y paralizantes. La realidad es inevitable, el tiempo solo transcurre y son las decisiones y las acciones las que transforman las circunstancias.
Uno de los principales motivos para no actuar es estar en la búsqueda del momento adecuado, creemos que las circunstancias deben alinearse perfectamente antes de dar el primer paso o tener más dinero, más experiencia, más seguridad y menos incertidumbre.
El problema es que la certeza absoluta no existe, la espera prolongada suele enmascarar el miedo al fracaso o a la incomodidad del esfuerzo. Mientras se aguarda la llegada de las condiciones ideales o perfectas, se pierde la oportunidad de moldear la realidad según los propios objetivos.
Ceder el control de la propia vida al azar o al entorno tiene costos profundos, recuerda que cuando no decides son los otros o las circunstancias las que terminan decidiendo por ti, lo que genera una sensación de impotencia, frustración además de miedo por no saber que puede llegar a suceder.
A este punto es importante aceptar que aunque no se controlen todos los eventos externos, sí se controla la respuesta y la dirección que se toma frente a ellos, en ocasiones lo mas recomendable desglosar en pequeños pasos que sean alcanzables a fin de reducir la resistencia inicial y dar el primer impulso. Es muy seguro que esto genere incomodidad pero esto no es señal de que algo este yendo mal, sino que se está aprendiendo y avanzando.
Esperar que las cosas cambien solas es entregar el timón de la propia vida a la inercia.
El futuro no es un lugar al que llegamos de manera pasiva sino un destino que construimos con cada acción. La transformación comienza en el instante exacto en que se decide dejar de esperar.
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