Cuando saber leer ya no es suficiente
por Giampiero Posa
En una época, aprender a leer fue casi un acto de rebeldía, descifrar las palabras significaba entrar en un territorio que durante siglos estuvo reservado para unos pocos, quien aprendía a leer no solamente aprendía a juntar letras; descubría que detrás de aquellos signos existía un mundo donde podía conocer historias que nunca había vivido, lugares que jamás había visitado y pensamientos escritos muchos años antes de su nacimiento; de alguna manera, aprender a leer era también aprender a mirar más allá de lo visible.
Por eso las sociedades hicieron de la alfabetización una de sus grandes conquistas, saber leer se convirtió en una herramienta para comprender el mundo y también para cuestionarlo.
El mundo, sin embargo, cambió.
Las palabras dejaron de vivir solamente en los libros y comenzaron a aparecer en todas partes: en las pantallas, calles, periódicos, teléfonos y videos que vemos mientras esperamos un ascensor o tomamos un café; junto a ellas comenzaron a hablar las imágenes, la música empezó a vender y los colores adquirieron significado, un silencio pudo convertirse en una declaración y una fotografía construir una verdad antes de que alguien pronunciara una sola palabra.
Mientras tanto, seguíamos pensando que sabíamos leer porque aprendimos a leer las palabras, pero nadie nos explicó que el mundo estaba empezando a escribir sobre nosotros.
Una fotografía de un candidato sonriendo no es simplemente una fotografía; la sonrisa, el encuadre, la luz, el fondo, la ropa, las personas que aparecen detrás e incluso aquello que deliberadamente quedó fuera de la imagen forman parte de un relato. Una campaña publicitaria tampoco se limita a mostrarnos un producto; durante unos segundos nos cuenta quiénes podríamos llegar a ser si compramos ese producto o contratamos ese servicio. Un titular no solamente informa sobre un acontecimiento; decide qué parte de ese acontecimiento ocupará nuestra atención y las publicaciones que aparecen en nuestro teléfono no están allí porque el mundo decidió que debíamos verlas, sino porque alguien —o algo— aprendió que probablemente queríamos hacerlo.
Todo eso también es un lenguaje, solo que nadie nos enseñó a leerlo.
Durante generaciones nos enseñaron que leer consistía en reconocer palabras y comprender frases, nadie nos preparó para una época en la que una imagen pudiera ser más persuasiva que un argumento, en la que treinta segundos pudieran provocar una indignación colectiva y en la que una mentira, repetida con suficiente velocidad, pudiera terminar adquiriendo la apariencia de un recuerdo.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para informarnos y sin embargo, cada vez resulta más difícil distinguir entre estar informado y sentirse informado.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Estar informado implica comprender, mientras sentirse informado significa simplemente haber recibido mucha información y la verdad, recibimos demasiada.
Noticias, opiniones, fotografías, videos, estadísticas, titulares, comentarios, publicidad, discursos, memes, interpretaciones, indignaciones, celebraciones; todo llega al mismo lugar y todo compite por unos segundos de nuestra atención, todo parece urgente, importante y exige una reacción inmediata.
La velocidad terminó convirtiéndose en una nueva forma de autoridad.
Lo que llega primero parece más verdadero, lo que se comparte más, parece más importante, aquello que provoca una reacción más intensa, parece más digno de ser creído y poco a poco, dejamos de preguntarnos: ¿Qué significa lo que estamos viendo para comenzar a preguntarnos qué sentimos frente a ello?.
Esta es una de las transformaciones más silenciosas de nuestro tiempo.
La emoción dejó de ser solamente una consecuencia de la comunicación y se convirtió en una de sus principales materias primas; el miedo detiene, la indignación moviliza, la nostalgia seduce, el orgullo reúne y la esperanza convence; por eso, una imagen puede provocar en un instante aquello que un párrafo entero necesitaría explicar.
La comunicación moderna aprendió a trabajar con esas emociones con una precisión extraordinaria; la publicidad las utiliza para vendernos una vida que todavía no tenemos; la política, para ofrecernos un futuro que quizá nunca llegue; los medios de comunicación, para conseguir nuestra atención y las redes sociales, para conseguir que permanezcamos dentro de ellas un poco más.
Mientras tanto, todos seguimos leyendo, solo que cada vez resulta más difícil saber quién está leyendo a quién, porque mientras creemos que estamos mirando una pantalla, la pantalla también está aprendiendo a mirarnos; aprende aquello que nos provoca miedo, aquello que nos entusiasma, aquello que nos enfurece, aquello que consigue que nos detengamos, aprende cuánto tiempo permanecemos frente a una imagen, qué historias consiguen nuestra atención y cuáles hacemos desaparecer con un simple movimiento del dedo.
Nunca habíamos vivido dentro de un sistema de comunicación tan íntimo y precisamente por eso nunca había sido tan importante desarrollar una nueva forma de alfabetización.
No se trata sólo de saber leer y escribir, se trata de comprender aquello que intenta influir sobre nosotros, de aprender a leer una fotografía como antes aprendíamos a leer una página, sospechar de un titular demasiado perfecto, entender que una estadística puede decir la verdad, pero al mismo tiempo, ser utilizada para construir una mentira, aceptar que una noticia puede ser cierta y aun así estar presentada de una manera capaz de conducirnos hacia una interpretación determinada, es decir, manipularnos o sugestionarnos.
Se trata, en definitiva, de descubrir que detrás de una campaña no existe solamente un diseñador, un publicista o un político; existe una estrategia y detrás de esa estrategia hay personas que han estudiado nuestros deseos, nuestras inseguridades, nuestras aspiraciones y nuestras debilidades.
Eso no significa vivir desconfiando de todo, al contrario; significa recuperar una forma más profunda de confianza: aquella que nace de comprender antes de creer.
El problema es que comprender requiere tiempo y el tiempo se convirtió en uno de los bienes más disputados de nuestra época.
Nos acostumbramos a deslizar el dedo, pasar de una imagen a otra, saltar de una noticia a un video, de un comentario a una fotografía, de una opinión a otra; el pensamiento, en cambio, necesita pausas, necesita silencio, necesita ese pequeño espacio en el que una idea puede asentarse antes de convertirse en una reacción.
La comunicación contemporánea parece haber declarado la guerra a las pausas ya que todo debe ocurrir de inmediato: la reacción antes que la reflexión, el comentario antes que la comprensión, la opinión antes que la información y la indignación antes que la pregunta.
Quizá por eso el nuevo analfabetismo no tenga nada que ver con la cantidad de libros que una persona ha leído o herramientas tecnológicas que domine.
Hay personas capaces de leer cientos de páginas y sin embargo, ser incapaces de reconocer una manipulación; hay quienes conocen miles de datos, pero no saben distinguir cuáles son relevantes; hay quienes dominan varios idiomas y todavía no comprenden el lenguaje de los símbolos; hay quienes hablan constantemente y nunca han aprendido a escuchar y también están quienes tienen una opinión sobre absolutamente todo, pero nunca se han detenido a preguntarse de dónde nació esa opinión.
El nuevo analfabeto puede incluso sentirse muy informado y ese es el aspecto más peligroso.
El analfabetismo tradicional era visible, quien no sabía leer sabía que no sabía; el nuevo analfabetismo puede pasar inadvertido incluso para quien lo padece.
Se puede tener un teléfono inteligente, acceso ilimitado a información, miles de seguidores y una opinión sobre cada acontecimiento del planeta y aun así, continuar siendo profundamente vulnerable frente a aquello que intenta manipular nuestra percepción.
Por eso el desafío no está únicamente en enseñar a las nuevas generaciones a utilizar herramientas, está en enseñarles a comprenderlas.
A mirar una imagen y preguntarse qué está diciendo a pesar de no tener palabras, a escuchar un discurso político y reconocer cuándo una emoción está ocupando el lugar de un argumento, a leer una noticia y distinguir entre el hecho y la interpretación, a recibir una información y resistir, aunque sea durante unos minutos, la tentación de compartirla antes de comprobarla y, sobre todo, a comprender que no todo aquello que confirma nuestras convicciones merece ser creído.
Tal vez la verdadera alfabetización del futuro consista en recuperar algo que la velocidad nos está quitando: la capacidad de detenernos.
Porque pensar necesita un pequeño espacio entre lo que recibimos y lo que hacemos con ello, un espacio donde nace el criterio y el criterio es una forma de libertad.
Por es razón, el analfabeto del siglo XXI no es quien no sabe leer una palabra, es quien puede leer perfectamente un texto y no consigue descubrir la intención que existe detrás de él; quien mira una imagen sin preguntarse por qué fue construida de esa manera; quien repite una idea sin recordar dónde la aprendió y quien confunde popularidad con verdad y emoción con conocimiento.
Hemos conquistado la capacidad de leer casi todo, ahora tenemos que aprender a interpretar, porque vivimos en un mundo donde las palabras nos hablan, las imágenes nos hablan, las marcas nos hablan, los políticos nos hablan, los medios nos hablan y nuestros teléfonos parecen saber qué queremos escuchar incluso antes de que nosotros mismos lo sepamos.
Mientras nosotros creemos estar leyendo el mundo, el mundo también está aprendiendo a leernos y ahí está la verdadera paradoja de nuestro tiempo: no estamos dejando de leer, estamos dejando de comprender aquello que nos está leyendo a nosotros.
