Terremoto en Venezuela, el drama de la familia Sciamanna bajo los escombros de La Guaira


La tragedia silenciosa de la comunidad ítalo-venezolana tras el sismo. Miles de ciudadanos sin localizar en los censos oficiales, las familias afectadas afrontan solas el dolor y el rescate de sus seres queridos


MADRID – El corazón les dice que no deben perder la esperanza. La razón, por el contrario, les indica que ha transcurrido demasiado tiempo para aferrarse obstinadamente a falsas ilusiones. Este, hoy, es el drama que vive la familia Sciamanna. Cinco de sus seres queridos están todavía bajo los escombros. Se excava con las manos y con la fuerza de la desesperación. Cualquier pequeño ruido, proveniente de las entrañas de las ruinas, enciende un hilo de esperanza. Es apenas un instante, antes de que esa pequeña luz se transforme nuevamente en oscuridad.

Arriba y abajo, la famiglia Sciamanna

– Ivanna Alessia Sulbarán Martínez, Elisa Rosana Sciamanna Tortolero,

Luis Javier Sulbarán Sciamanna, Yusbeilin Mercedes Martínez Guzmán, Camilo Alessandro Sulbarán Martínez, no vivían en La Guaira. Tampoco habían ido para pasar unos días de playa. Simplemente estaban de paso. Ivana, la hija de mi primo y de Yusbeilín, iba a participar en una competencia de gimnasia en Colombia. Su madre y mi tía, Elisa, las iban a acompañar. Habían alquilado un apartamento en La Guaira para descansar, pasar la noche tranquilos e ir al aeropuerto al día siguiente. Mi primo y su hijo mayor, quienes los habían llevado a La Guaira, iban a regresar a Maracay. De acuerdo con el último mensaje de WhatsApp que recibimos, llegaron a La Guaira una hora o, tal vez, 45 minutos antes del terremoto. Suponemos que fueron a comprar comida y que habían regresado al Airbnb. Después del terremoto, tratamos de ponernos en contacto con ellos. Enviamos mensajes de WhatsApp y de texto, llamamos repetidas veces. Ninguno de los teléfonos respondía. Los mensajes salían, pero no llegaban a su destino –. Natasha Camacho Sciamanna habla con la emoción del dolor. Su madre, Francesca, no tiene fuerzas para hacerlo. Como ellas, otras familias ítalo-venezolanas, de las que no se tiene noticia, y que aún no aparecen en los listados oficiales o en los de nuestros Consulados, viven el mismo dolor, el mismo drama. Todavía es muy temprano para un balance definitivo. Tal vez el número real de las víctimas ítalo-venezolanas nunca se sepa con certeza, habida cuenta de que en Venezuela residen 150 mil italianos inscritos en el AIRE y muchos más que son ítalo-venezolanos aunque no estén inscritos en los registros oficiales.

– Tenían ubicado el nombre y la dirección del Airbnb?

– Nos comunicamos con los amigos y los amigos de los amigos de mi primo. Preguntamos cómo llegar. Nos enviaron la dirección. Así fue como dimos con la residencia. Mi primo no se alojó ni en un hotel, ni en un resort. Era un edificio de viviendas. Uno de los inquilinos tenía un Airbnb.  Ahí se hospedó mi primo.

– ¿Cómo supieron con certeza que estaban en ese edificio?

– La construcción – explica Natasha – tenía un estacionamiento. Ahí encontramos el carro en el que viajaba mi primo. No sé si tenían pensado regresar esa misma noche o quedarse y volver a Maracay al día siguiente.

Igual que su madre, Natasha, aun cuando ya no se hace ilusiones, sigue aferrándose a la esperanza de un milagro. Asegura que “la búsqueda no ha concluido”. Y seguirá hasta hallar sus cuerpos y darles una sepultura digna.

– El primer día, no se movilizó nada – nos comenta –. No se hizo nada. Eso es lo que yo sé.

De hecho, solo los familiares de quienes vivían en los edificios destruidos, los sobrevivientes, comenzaron a buscar entre los escombros, removiendo los restos del edificio con las manos, sacando fuerza de donde no la había.  – Mi familia – continúa Natasha con su relato – llegó al día siguiente. Encontraron solo a personas cuyos familiares estaban debajo de los restos del edificio, tratando de apartar lo que podían, como podían, tratando de abrir un camino. No había maquinarias, tampoco esmeriles o sierras con los que cortar las placas de cemento. Se comenzó a pedir a los rescatistas que se acercaran al edificio y que no descartaran la posibilidad de encontrar a alguien con vida. Ver los escombros, lo que quedó del edificio, te parte el corazón.

Nos cuenta que contrataron a un joven para que tratara de localizar la ubicación de los móviles. Se consiguió limitar un área bastante profunda. Por cómo se ha derrumbado el edificio, es casi imposible alcanzarla.

– Desde el miércoles que hubo el temblor hasta el sábado, ustedes no pudieron hacer nada para remover los escombros.

– No – afirma -. Todo siempre se hizo de manera manual y en lo manual hay un límite. ¿Qué tanto puedes hacer? No sé cuánto peso puedes levantar con las manos, cuánto puedes apartar. Había que esperar a que se encontrasen o pudiesen llegar unas máquinas para mover los escombros.

– Cuántos días después del terremoto llegaron los rescatistas? Usted dijo que la primera ayuda fue la de voluntarios, la de los familiares de quienes quedaron bajo las ruinas del edificio, la de los sobrevivientes.

 – En varias ocasiones, – confiesa –, hicieron acto de presencia. Los rescatistas que llegaron del exterior se acercaban y hacían un chequeo para confirmar que hubiese vida. Y, si consideraban que no la había, se desplazaban a otra área. Los primeros días, los presentes no se daban abasto… había escasez de personal, de instrumentos, de maquinaria, de todo. En una ocasión, un “topo” mexicano, quedó con mi madre, tratando de ayudarla.  Hizo lo que pudo, considerando que ellos también se agotan y tienen que descansar.

Confiesa que “en ningún momento se barajó la posibilidad de comunicarse con el Consulado de Italia”.

– Sólo pensamos en ir a La Guaira – nos dice. Y es comprensible.

De vez en cuando la conversación se interrumpe. Al otro lado de la línea telefónica se oye un suspiro profundo, un hilo de voz quebrado por el dolor. Luego, otra vez la fortaleza de quien rehúsa rendirse a la adversidad.

– Han pasado muchos, muchos días… demasiados. Los sentimientos, la fuerza, que nos impulsan a todas las personas que tenemos a alguien bajo los escombros, pueden resumirse en el deseo de darle una sepultura respetuosa a nuestros seres queridos. Lo que queremos es recuperar sus cuerpos… tener esa paz.

Nos habla de llamadas, avisos, mensajes que señalan que sus familiares se encuentran en un lugar u otro. Lo mismo ha pasado con otras familias. Todo acaba siendo una mentira y una gran decepción.

– ¿Cómo vivieron el terremoto en Maracay?

– La mía no es una percepción objetiva…  – aclara para, luego de una pausa, de hurgar en los recuerdos recientes que solo le causan dolor, proseguir:

–  Me recordó un terremoto anterior. Aun cuando en la casa se movían los objetos, yo estaba tranquila. Como el temblor no se detenía, salí a la calle y vi uno de los edificios cercanos, el más alto, balancearse. Fue entonces cuando me encontré con mi madre. Ella sí estaba preocupada, estaba ansiosa. A nosotros no nos pasó nada – concluye -. Sé que en el estado Aragua, en la misma Maracay, algunos edificios quedaron en mal estado. Y que también ocurrieron tragedias.

Mauro Bafile

Lascia un commento