Babbo, Papi, Dad


Babbo, Papi, Dad

Padre no es sólo un nombre
ni la firma biológica de la historia;
padre es quien aprende a sostener el mundo
cuando el mundo pesa demasiado en los hombros,
quien se quiebra en silencio
para que otros no escuchen el ruido de su caída.

Padre es la arquitectura invisible
que levanta los días sin pedir testigos,
el que convierte el esfuerzo en camino
y el cansancio en dirección,
aunque la vida le cobre en silencios
lo que da en sacrificio.

Padre es la primera frontera del mundo,
la voz que enseña a resistir,
la mano que no siempre acaricia,
pero que empuja hacia adelante
cuando el miedo intenta detener el paso.

Padre también son
los que no engendraron vida,
pero la guiaron como si fuera propia;
los que eligieron enseñar sin interés,
proteger sin poseer,
amar sin reclamar herencia
ni reconocimiento alguno.

Porque padre también es quien sostiene,
quien resuelve en silencio lo que otros no ven,
quien carga en su espalda los días difíciles
y los transforma en oportunidad compartida.

Y sí, hay ausencias que pesan como vacíos,
nombres que no supieron ser refugio,
pero incluso en esa sombra
resplandece con más fuerza
quien sí eligió quedarse,
quien sí aprendió a ser hogar en medio del caos.

Hoy no celebramos sólo un rol,
sino el acto profundo de sostener sin condiciones:
a todos los que fueron, son y serán estructura,
a los que aprendieron a quedarse,
a los que hicieron del deber… amor silencioso.

Algunos padres ya no están en la tierra,
pero no se han ido del todo;
se quedaron en la forma en que enfrentamos la vida,
en la voz interior que nos ordena continuar
cuando todo parece romperse.

Viven en la disciplina
que heredamos sin darnos cuenta,
en la forma en que
apretamos los dientes ante la dificultad,
en la manera en que
aprendimos a seguir de pie
incluso cuando nadie
nos enseña cómo hacerlo.

Son ausencia que también sostiene,
presencia que se vuelve carácter,
eco de una fuerza que no desaparece
aunque el tiempo intente silenciarla.

Y aunque el abrazo no siempre estuvo dicho,
el amor encuentra su forma incluso en el silencio;
porque quien fue marcado por la huella de un padre,
aprende a caminar con una dirección invisible
que lo acompaña toda la vida.

Porque al final,
Padre es quien ama de una forma distinta,
a veces sin palabras,
a veces sin demostraciones visibles,
pero con una constancia que se vuelve raíz.

A ustedes,
constructores del camino invisible,
guardianes de lo que no se dice pero se sostiene,
capaces de abrir paso en medio de la incertidumbre
con manos firmes y corazón contenido.

A ustedes, que enseñan a caminar
aunque no siempre tomen de la mano,
que hacen del esfuerzo una forma de amor
y del silencio una forma de guía.

Que esta conmemoración
(extensiva a todos los días del año)
les devuelva en paz
lo que entregaron en fuerza,
les alivie el peso de lo no dicho
y les reconcilie con la ternura
que a veces escondieron,
para que su esencia,
discreta y firme,
permanezca en nosotros
como una brújula eterna
más allá del tiempo,
más allá de todo.

Y que nunca falte les falten el respeto,
que nunca sean dejados
solos comiendo en la mesa,
mientras el mundo afuera parece
siempre más urgente que su silencio.

Que los hijos no olviden
la dignidad del tiempo compartido,
ni conviertan el amor recibido
en costumbre distraída,
ni en gesto atravesado
por el interés o la indiferencia.

Que cada padre
sea reconocido no sólo en el deber,
sino en la presencia viva,
elegida y correspondida;
y que ninguna distancia del corazón
sea jamás mayor que la de un abrazo
que no llegó a darse.

Giampiero Posa

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